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SOBRE LA PASCUA DE RESURRECCIÓN DEL 2017

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c_200_147_16777215_0___images_stories_resucitado.jpgLa celebración de la Vigilia Pascual es la coronación de este tiempo de preparación a la décima séptima Pascua del Tercer Milenio; esta vez la Cuaresma, como Camino hacia la Pascua, ha sido tiempo de gracia del Señor, sentido como remisión de nuestros pecados por medio del arrepentimiento de nuestro corazón, la reconciliación y la penitencia sacramental, expresiones bien concretas de nuestra conversión interior y de la confianza en la Misericordia de Dios.

En esta Pascua resuena en todo el mundo el cañonazo del triunfo del Resucitado que viene a traer la Luz que disipa las tinieblas, la Paz de la reconciliación de toda la humanidad caída y la vida para nuestro mundo saturado por la cultura de la injusticia, la corrupción, la inseguridad, la violencia, del crimen, de la guerra y de la muerte.

1. ¿Qué es la Resurrección?

La Resurrección de Jesucristo es el misterio más importante de nuestra fe cristiana; en ella está en centro de nuestra fe y de nuestra salvación, por eso, la celebración de la Resurrección es la fiesta más grande del Año Litúrgico, pues si Cristo no hubiera resucitado, vana sería nuestra fe… y también nuestra esperanza. (1Co 15,14). Y esto es así, porque Jesucristo no sólo ha resucitado Él, sino que nos ha prometido que nos resucitará también a nosotros.

La Resurrección de Cristo nos anuncia nuestra salvación; es decir, que seremos santificados por Él, para poder llegar al cielo. Además nos asegura nuestra propia resurrección, pues Cristo nos dice. “el que cree en Mí tiene vida eterna y yo lo resucitaré en el último día” (Jn. 6,40)

La vida de Cristo fue una total identificación con la voluntad del Padre y nos muestra el camino que hemos de recorrer todos nosotros para alcanzar la promesa de nuestra resurrección.

La Resurrección de Cristo nos invita a cambiar nuestro modo de ser, nuestro modo de pensar, de actuar y de vivir. Es necesario “morir a nosotros mismos” hasta llegar a decir: “no soy yo quien vive, es Cristo quien vive en mí”; a tener nuestra mirada fija en el cielo, conforme a la exhortación de San Pablo: “Puesto que ustedes han resucitado con Cristo, busquen los bienes de arriba… pongan todo el corazón en los bienes del cielo” (Col. 3,1-4).

La Resurrección es el triunfo de Jesús sobre la muerte y el pecado y su victoria definitiva sobre el mal; nos abre las puertas de la vida eterna y constituye el fundamento de nuestra fe, la promesa de nuestra esperanza y la causa de nuestra alegría.

Resucitar en Cristo es volver de las tinieblas del pecado a la vida de la luz que nos da el Resucitado y, para ello, Cristo nos ha dejado el mismo día de su Pascua el Sacramento de la Reconciliación que restaura nuestra dignidad de hijos de Dios.

2. Frutos de la Pascua.

  • La Pascua nos hace discípulos y seguidores del Resucitado, para proclamar con nuestras vidas que Jesús está Vivo, en medio de un mundo que se ha olvidado de Dios.

  • La Pascua consolida nuestra fe y afianza nuestra esperanza de que un día también nosotros resucitaremos con Él.

  • La Pascua nos hace testigos de la resurrección de Jesús en medio de nuestro pueblo, zarandeado por el pecado y el mal, oscurecido por las sombras de la muerte y atrapado por las garras del poder, de la sociedad de consumo, de los Medios de Comunicación, de los aires del neoliberalismo económico, de la globalización y postmodernidad, atemorizado por la guerra y la violencia que va creciendo, de día en día, como un torrente de agua que ya nadie puede vadear… que, actuando como eje y vehículo del mal, han tomado por la fuerza y quieren manejar a su antojo los destinos de la humanidad.

Las atrocidades de la guerra en Medio Oriente y el clima de violencia que vivimos aquí y en el mundo son un exponente de la descomposición social de la humanidad.

  • La Pascua nos capacita para proclamar con nuestra boca los motivos de nuestra esperanza: Jesús ha muerto, clavado en la cruz, pero Dios lo resucitó, levantándolo del sepulcro y ahora vive glorioso para siempre a la derecha del Padre y también en medio de nosotros.

  • El testigo da testimonio de lo que ha visto y oído! La celebración de la Pascua nos capacita para gritar con voz potente que Cristo ha resucitado y vive entre nosotros, vive en la Iglesia, vive en las comunidades, vive en los pobres y en el corazón de los hombres de buena voluntad, que se empeñan en hacer de su fe un compromiso de “ayudar a bajar de la cruz a los crucificados de nuestro pueblo” (Jon Sobrino).

  • Como testigos del Resucitado gritamos, con la fuerza de nuestra fe y el testimonio de nuestra vida, que la muerte no tiene la última palabra, porque Cristo Resucitado ha vencido el pecado y la muerte y que el pecado y el mal ya no tienen futuro, porque la fuerza del Resucitado es más fuerte que el pecado y la muerte.

  • Como testigos recibimos la fuerza del Espíritu que nos impulsa a vivir, como Jesús, al lado de los pobres, de los marginados de la sociedad, los oprimidos de la tierra, de los enfermos, de los ancianos, de los débiles, de los niños abandonados, de los jóvenes descarriados, de la gente sin esperanza… dándoles a todos vida, alegría, fortaleza y apoyo en el nombre del Resucitado.

  • La primera señal de nuestro testimonio ha de ser nuestro acercamiento a Dios y nuestra actuación efectiva a favor del reino, que empieza por acogida y la atención a los enfermos, los hambrientos, los encarcelados, los huérfanos abandonados, los ancianos, los niños y adolescentes realengos, víctimas de la manipulación de aquellos que los explotan en función del lucro y de sus intereses personales, los subempleados, los pobres que viven hacinados en las periferias de las ciudades y los campesinos sin tierra y sin derechos, oprimidos por el poder, la injusticia y la desigualdad.

  • La Pascua imprime en nuestros corazones una alegría nueva, más honda y duradera, porque es la alegría que nace de la Cruz. Es la alegría contagiosa de la presencia del Resucitado en nuestra vida y en nuestro pueblo.

  • La Pascua trae también una fe más sólida y comprometida, una esperanza más firme y creadora, una caridad más fraterna y solidaria y una entrega más generosa; nos mueve a vivir con ecuanimidad; nos hace humildes y sencillos de corazón; nos devuelve el gozo interior, la paz inalterable y la serenidad de espíritu. Da sentido a nuestra vida, alimenta nuestros deseos de comunión con Dios y con nuestros hermanos, hace fecundo nuestro compromiso de trabajar por nuestros hermanos. Nos enseña a mirar a las personas y a las cosas desde los ojos del Resucitado.

 

Mons. Valentin Reynoso

Obispo Auxiliar Arquidiocesis de Santiago