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Los siete dones del Espíritu Santo

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c_200_147_16777215_0___images_stories_fiestasdones.jpgLos siete dones del Espíritu Santo

Sabiduría, entendimiento, consejo, ciencia, fortaleza, piedad y temor de Dios

Por Ángel Moreno de Buenafuente (Ecclesia Digital).

1: Don de Sabiduría

“Radiante e inmarcesible es la Sabiduría. Fácilmente la contemplan los que la aman y la encuentran los que la buscan.  Se anticipa a darse a conocer a los que la anhelan.  Quien madrugue para buscarla, no se fatigará, que a su puerta la encontrará sentada.” (Sb 6, 12-14)

 

Ven, Espíritu Santo, manda tu luz desde el cielo, el don de Sabiduría, el amor y el conocimiento divino sobre la realidad y la historia.

Reconozco que en muchas ocasiones la valoración de los hechos queda supeditada a mi apreciación subjetiva, según el éxito o el fracaso de mis acciones, según la valoración social de mis obras, con el consiguiente riesgo de quedar ofuscado por mi protagonismo y vanidad, y hasta cabe que confundido e inconsciente del verdadero sentido de mis actos.

Es posible que la estima de los otros esté influida por el sentimiento natural y afectivo, por el modo de ser de cada persona, por la empatía o el rechazo que produce su modo de pensar, en vez de valorarla por ella misma, por lo que es, más allá de su aspecto físico, poder económico o social.

Mi relación espiritual, aunque puede ser noble, en muchas ocasiones está producida por motivos de necesidad, y acudo a la oración de muy distinta manera si siento consolación, angustia, urgencia de ayuda o, por el contrario, atonía e insensibilidad.

Necesito tu ayuda, Espíritu Santo, para no perecer en mi subjetivismo, y para obrar según Dios quiere, valorar mi conciencia iluminada por tu gracia, tratar con las personas con dignidad, y fielmente con Jesucristo, sin proyectar en mis relaciones el estado de ánimo, sino celebrándolas desde el conocimiento amoroso que Tú eres.

¡Cuántas veces el tiempo dedicado a la oración, la apertura a la Palabra divina, la gratuidad en mis acciones, la ofrenda de mis actos quedan reducidos a conceptos, más que a una experiencia objetiva por una noble relación interpersonal.

Espíritu Santo, Don de Sabiduría, regalo del Amor divino, por el que se conoce todo según Dios a la vez que uno mismo se siente conocido, amado, abrazado por las entrañas misericordiosas y paternales: ven, empápame, sumérgeme en tu luz, para que todo lo que amo, lo ame desde ti, a través de ti.

Que gracias al Don de Sabiduría ame a Dios como a mi Creador, a Jesucristo como a mi Señor, a ti como al Amigo del alma, a la creación como regalo y obra salida de la voluntad divina, a cuantos me rodean, como a espejos del rostro de Jesús, a mí mismo como Tú me amas.

2: Don de entendimiento

-«Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída.»

Y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron.

-«Esto es lo que os decía mientras estaba con vosotros: que todo lo escrito en la ley de Moisés y en los profetas y salmos acerca de mí tenía que cumplirse.» Entonces les abrió el entendimiento para que comprendieran las Escrituras. (Lc 24)

A la luz del pasaje del evangelio de San Lucas y de los relatos neotestamentarios de la resurrección de Jesús, comprendemos mejor la necesidad del Don del Entendimiento para poder adherirnos a la persona de Jesucristo como Hijo de Dios.

Ven, Espíritu Santo, y con tu luz abre mis ojos a la fe. Que por tu inspiración, comprenda la verdad revelada y descubra el sentido de las Sagradas Escrituras, tal como les aconteció a los discípulos de Emaús y a los que estaban reunidos en el cenáculo, cuando el Resucitado les concedió entender lo que de Él se había profetizado y dieron fe a que estaba vivo.

A María Magdalena le sucedió de igual modo en la mañana de Pascua, que a pesar de tener delante a la persona del Maestro, no lo reconoció hasta que se despertó en ella, por gracia de su nombre pronunciado con amor, la contemplación del Resuciatado.

Con frecuencia me quedo con el sentido inmediato de los acontecimientos, y perezco por falta de perspectiva, sobre todo en tiempos de inclemencia, cuando la oscuridad, la ausencia de sentimiento, el desengaño, el escepticismo invaden el corazón. La mente se cierra, pierdo la visión trascendente de la realidad y me atrapa el pesimismo.

Tú puedes, Espíritu divino, abrir mis ojos para que crea y para que  comprenda que en todo se halla la semilla del proyecto providente y amoroso de Dios, y llegue así a la sagacidad de intuir luz en la cruz, amor en la herida, sabiduría en el dolor y esperanza en la encrucijada.

Por mí mismo no puedo elevar la mente, ni otear el horizonte luminoso. En hora tan recia como la actual, necesito comprender desde la fe cuanto sucede para hacerme testigo de que todo tiende hacia el bien y todo guarda un sentido trascendente.

Que gracias al Don de Entendimiento sepa leer toda la historia como Historia de Salvación, y me sepa acompañado por la gracia del regalo inmerecido de la fe. Y que al final de mis días escuche, como mejor titulo: “Ven, bendito, porque aun sin ver diste fe a lo que dijeron los profetas, los evangelios y enseña la Iglesia”.

3: Don de Consejo

«Todavía, por un poco de tiempo, está la luz entre vosotros. Caminad mientras tenéis la luz, para que no os sorprendan las tinieblas; el que camina en tinieblas, no sabe a dónde va. Mientras tenéis la luz, creed en la luz, para que seáis hijos de luz». (Jn 12, 35-36)

Es de prudentes saber escoger el camino que conduce al bien, y sigue las huellas de los santos.

Es de sabios no realizar nada por cuenta propia, sino después de discernir lo que es bueno y mejor.

La madurez personal se atestigua cuando se obra por razones superiores al impacto inmediato, siguiendo el consejo de los que están cargados de experiencia y han sido probados en la virtud.

El testigo no habla por propia cuenta, sino por lo que ha visto y oído. Quien de verdad desea realizar las cosas según Dios, no se fía de sí mismo, y prefiere avanzar por el camino de los mandatos del Señor.

Jesús atestigua la verdad de sus palabras y de su persona porque no habla por propia cuenta, sino de lo que le ha oído a su Padre, de aquello que ha visto en el seno entrañable de Dios.

Ven, Espíritu Santo, y concédeme el Don de Consejo para que realice aquello que Dios me tiene encomendado, y aquello que desea que se haga a través de la mediación de mi pobre colaboración.

Que no me ofusque en mis pensamientos pretenciosos, que intentan legitimar mi debilidad, y justificar mi subjetivismo, sino que sepa seguir en todo la voluntad más amorosa y positiva, la voluntad de Dios.

Que antes de actuar busque el aval que se oye en lo hondo con la paz que procede de ti, y no me mueva por reacción primaria, instintiva, sino por decisión sapiencial, orada, desde la escucha de tu moción interior.

Espíritu Santo, sé tú mi Consejero, te doy permiso para que no sólo seas susurro, sino fuerte voz en mis entrañas.

“¡Oh abismo de la riqueza, de la sabiduría y de la ciencia de Dios! ¡Cuán insondables son sus designios e inescrutables sus caminos!

En efecto, ¿quién conoció el pensamiento de Señor? O ¿quién fue su consejero? O ¿quién le dio primero que tenga derecho a la recompensa?

Porque de él, por él y para él son todas las cosas. ¡A él la gloria por los siglos! Amén.” (Rm 11, 33-35)

4: Don de ciencia

«Oráculo de Balaam, hijo de Beor, oráculo del varón clarividente. Oráculo del que escucha los dichos de Dios, del que conoce la ciencia del Altísimo; del que ve lo que le hace ver Sadday, del que obtiene la respuesta, y se le abren los ojos. (Núm 24, 15-16).

En el nº 6 de los llamados “lineamenta” del próximo sínodo de los obispos sobre la evangelización, se puede leer: “… la ciencia y la tecnología corren el riesgo de transformarse en los nuevos ídolos del presente. Es fácil en un contexto digitalizado y globalizado hacer de la ciencia nuestra nueva religión. Nos encontramos frente al surgir de nuevas formas de gnosis, que asumen la técnica como una forma de sabiduría. Asistimos a una afirmación de nuevos cultos, en los que se proponen en modo terapéutico prácticas religiosas que los hombres están dispuestos a vivir, estructurándose como religiones de la prosperidad y de la gratificación instantánea.”

La verdadera ciencia valora la realidad temporal desde la perspectiva trascendente. ¡Qué distinto es iluminar los acontecimientos con visión horizontal, la que concede la sabiduría de este mundo, a hacerlo con la luz del conocimiento teologal, que está más allá de los límites naturales!

Con frecuencia abordo los problemas desde las capacidades normales, desde el esfuerzo y la técnica. En demasiadas ocasiones acuden a mí los criterios sociales, psicológicos, que dicta el subjetivismo, por los que se intenta justificar el comportamiento humano.

Espíritu Santo, que actúe con los recursos humanos que tú nos regalas, desde la perspectiva de tu don, y no desde la emancipación y autonomía de mis destrezas, ni desde el desencanto por mis incapacidades.

Cómo resuenan las palabras de Benedicto XVI: “El cristianismo tiene mucho que ofrecer en el ámbito práctico y moral, pues el Evangelio nunca deja de inspirar a hombres y mujeres a ponerse al servicio de sus hermanos y hermanas. Pocos podrían negarlo. Sin embargo, quienes fijan la mirada en Jesús de Nazaret con ojos de fe saben que Dios ofrece una realidad más profunda y, sin embargo, inseparable de la "economía" de la caridad operante en este mundo (cf. Caritas in veritate, 2): él ofrece la salvación”. (…) “El Evangelio no es una ideología, no pretende bloquear dentro de esquemas rígidos las realidades sociopolíticas que evolucionan. Más bien, trasciende las vicisitudes de este mundo y arroja nueva luz sobre la dignidad de la persona humana en cada época. (Discurso en el encuentro ecuménico, en Praga, 27 de septiembre, 2009).

Ven, Espíritu Santo, concédeme el Don de Ciencia para que sepa emplear mis facultades y leer la realidad y su potencialidad en tu clave.

5: don de Fortaleza

“Sé para mí una roca de refugio,

un alcázar fuerte donde me salve;

pues mi roca eres tú, mi fortaleza,

y, por tu nombre, me guías y diriges.

Sácame de la red que me han tendido,

que tú eres mi refugio” (Sal 31, 3-5).

Es la invocación del salmista en los momentos de peligro. Se dirige a Dios, y lo llama, de todas las formas posibles, como fortaleza.

Sé Tú mi roca, mi alcázar, mi baluarte, mi peña, mi refugio, mi apoyo, mi masada. “¡Dios mío, líbrame de la mano del impío, de las garras del perverso y del violento! Pues tú eres mi esperanza, Señor, Dios mío, mi confianza desde mi juventud. En ti tengo mi apoyo desde el seno, tú, mi porción desde las entrañas de mi madre; ¡en ti sin cesar mi alabanza!

Espíritu Santo, revísteme con tu auxilio, sé Tú mi escudo, no sólo en la guerra que me hagan desde fuera, sino sobre todo en la guerra contra mí mismo; que no decaiga en mi esperanza y me fíe de que Tú eres mi auxilio, quien me sostiene cuando voy a caer.

Guarda mi pie de caer en la trampa, la que me tiende el orgullo, el amor propio, la vanidad. Fortaléceme con la sencillez, la humildad, y si por mi frágil condición pruebo el sabor amargo de la infidelidad, tiende tu mano hacia mí y da fuerza a mis huesos y a mi voluntad para que siempre me levante.

Se necesita más fuerza para levantarse que para no caer, es mayor la gracia que se experimenta cuando, humillado, surge la necesidad de volver al Señor, que cuando se cree uno invulnerable.

Espíritu Santo, que nunca magnifique mi debilidad hasta el extremo de desconfiar de tu fuerza; que siempre, al menos, confíe en que contigo puedo volver a empezar.

Me impresiona la enseñanza del Papa Benedicto: “Queridos amigos, Cristo no se interesa tanto por las veces que flaqueamos o caemos en la vida, sino por las veces que nosotros, con su ayuda, nos levantamos. No exige acciones extraordinarias, pero quiere que su luz brille en vosotros. No os llama porque sois buenos y perfectos, sino porque Él es bueno y quiere haceros amigos suyos. Sí, vosotros sois la luz del mundo, porque Jesús es vuestra luz. Vosotros sois cristianos, no porque hacéis cosas especiales y extraordinarias, sino porque Él, Cristo, es vuestra, nuestra vida. Vosotros sois santos, nosotros somos santos, si dejamos que su gracia actúe en nosotros.” (Benedicto XVI, Homilía en Friburgo, 2011)

Ven, Espíritu Santo, concédeme el Don de fortaleza para que al menos, siempre tenga el valor de levantarme.

6: Don de Piedad

“Los cuatro Vivientes tienen cada uno seis alas, están llenos de ojos todo alrededor y por dentro, y repiten sin descanso día y noche: «Santo, Santo, Santo, Señor, Dios Todopoderoso, "Aquel que era, que es y que va a venir"».

Y cada vez que los Vivientes dan gloria, honor y acción de gracias al que está sentado en el trono y vive por los siglos de los siglos, los veinticuatro Ancianos se postran ante el que está sentado en el trono y adoran al que vive por los siglos de los siglos, y arrojan sus coronas delante del trono diciendo:

«Eres digno, Señor y Dios nuestro, de recibir la gloria, el honor y el poder, porque tú has creado el universo; por tu voluntad, no existía y fue creado».” (Ap 4, 8-11)

Quiero sumarme al canto de los ángeles, al homenaje que hacen los santos a quien es el Señor de todo lo creado. Quiero rendir mi mente y mi corazón y que todo mi cuerpo se postre en adoración amorosa, sin complejo ni resentimiento, sin merma de identidad personal. Por el contrario, alcanzando la vocación más alta, y la mayor dignidad, al poder presentarme ante mi Creador en la humilde y agradecida actitud religiosa del reconocimiento.

Espíritu Santo, sé que mi orgullo y personalismo, a veces, se resisten a prestar el obsequio más pertinente a quien es el Autor de todo lo creado. Él me ha concedido la existencia, y vivo gracias a su amor y misericordia.

Dame el don de piedad;  para siempre brote de mis adentros la relación teologal de la adoración sobrecogida, de la que renazco.

Hemos sido testigos del momento cumbre de la JMJ en Madrid, cuando la multitud quedó en silencio ante la presencia de la Eucaristía. El Rector Mayor de los salesianos, se dirigía así este año a los jóvenes, con motivo de la fiesta de Don Bosco: “El intenso silencio ante la presencia del Santísimo Sacramento, en actitud de adoración, es expresión de la fe en esta fuente de espiritualidad que da la energía para la entrega de la propia vida”.

Ven, Espíritu Santo, derrama sobre mi corazón el Don de Piedad, que sepa adorarte en el Sacramento y servirte en los hermanos más necesitados, sacramentos también de tu presencia.

7: DON DE TEMOR DE DIOS

“Cuando habían remado unos veinticinco o treinta estadios, ven a Jesús que caminaba sobre el mar y se acercaba a la barca, y tuvieron miedo. Pero él les dijo: «Soy yo. No temáis».” (Jn 6, 19-20)

¿De qué temor se trata cuando pedimos el don del temor de Dios, si Jesús de manera reiterada les dice a los suyos “No temáis”, “No tengáis miedo”, “Que no se acobarde vuestro corazón”?

Si hay alguna recomendación del Maestro a los discípulos es la de mantener la confianza. “No temáis, pues; vosotros valéis más que muchos pajarillos.” (Mt 10, 31). «¡Animo!, que soy yo; no temáis». (Mt 14, 27). «No temáis. Id, avisad a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán» (Mt 28, 10).

El don del Espíritu Santo del Temor de Dios, es el de permanecer siempre humildes. Lo contrario a este don es ser pretencioso, abusar de la gracia, creer que se tienen por mérito propio las capacidades recibidas, caminar con ostentación y engreimiento.

¡Cómo necesito de este don, Santo Espíritu! Si es importante no perecer en la caída, no derrumbarse en la fragilidad, no resistirse a la gracia, aún parece mayor la necesidad de no adueñarse de lo que es regalo, de lo que es dádiva para provecho de los demás.

“… nadie puede decir: «¡Jesús es Señor!» sino con el Espíritu Santo.

Hay diversidad de carismas, pero el Espíritu es el mismo; diversidad de ministerios, pero el Señor es el mismo; diversidad de operaciones, pero es el mismo Dios que obra en todos. A cada cual se le otorga la manifestación del Espíritu para provecho común…” (1 Co 12, 3-7)

Ven, Espíritu Santo, concédeme el Don de Temor de Dios, que nunca me aproveche de tu gracia para ostentar lo que no es mío. Acompáñame siempre en la conciencia y en caso de ser mediación favorable para los demás, que reconozca tus dones. Y si por fragilidad caigo en egoísmo, que me abra siempre al ofrecimiento de la misericordia divina.

Espíritu Santo, sálvame del orgullo de estar solo, y sálvame de pensar que no tengo remedio. Sé Tú siempre la referencia en mis actos.